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El arte de dejar de esconderse: la historia de Danna Galván

Danna guardó sus dibujos por años porque le daba pena que los vieran. Atreverse a mostrarlos cambió todo.

Danna Paola Galvan Perez5 min de lectura
Danna Paola Galvan Perez

El arte también es una forma de decirle al mundo quién eres

Danna lleva dibujando desde que tiene memoria. Desde los tres o cuatro años, según los dibujos que su mamá todavía conserva. Lo que tardó en llegar fue el valor de mostrárselos a alguien más.

Por años, dibujar fue algo que hacía para ella. No le gustaba que vieran sus cuadernos, le daba pena que juzgaran su forma de expresarse. Era una niña aplicada, creativa, pero cerrada. En la primaria casi no tenía amigos. En la secundaria tampoco muchos. Si pudiera resumir esa etapa en una imagen, dice que sería la de alguien que siempre estuvo un poco sola, pero que siempre tuvo algo que hacer con las manos.

El primer empujón vino de afuera. En la secundaria, maestros y familia le repitieron que participara en un concurso convocado por la CNDH y la SNT sobre convivencia escolar pacífica. Ella dudó, apenas se lo creyó, participó y quedó en segundo lugar a nivel nacional.

Eso cambió algo. "Me lo creí, participé y quedé", dice. No como frase hecha, sino como descripción exacta del proceso: primero creer, luego hacer.

En 2023 llegó el segundo concurso, organizado por la Cámara de Diputados y el Heroico Colegio Militar en homenaje a su bicentenario. También a nivel nacional, también participó. Esta vez quedó en primer lugar. El premio fue un viaje a Ciudad de México con todos los gastos pagados — su mamá, una invitada y ella — tres días visitando el Heroico Colegio Militar, la Cámara de Diputados, museos. En avión. Algo que para ellas había sido siempre un sueño lejano se volvió real por un concurso de dibujo.

El tercero llegó en 2024: Kids for Human Rights, una convocatoria internacional en la que participaron alrededor de 25,000 personas de todo el mundo. Danna quedó en tercer lugar de su categoría. Para ese concurso tuvo que grabar un video explicando su dibujo. Le dio mucha pena, pero lo hizo de todas formas.

Pero lo que más la marcó no fue ninguno de los tres concursos. Fue el mural.

La invitaron a realizarlo en 2023, después de que su victoria en el concurso del Colegio Militar se supo en su escuela. El proyecto arrancó en 2024, junto con un amigo. Lo planearon como un trabajo compartido. Pero el avance fue lento, la vida siguió, ambos se graduaron de secundaria y empezaron la prepa. El mural quedó a medias. Danna siguió yendo sola a terminarlo hasta el 29 de enero de 2025.

Mide dos metros de alto por seis de largo. Se llama México, historia que inspira. Lleva la pirámide del Sol, el ajolote, Quetzalcóatl —que en la mitología es hermano gemelo del ajolote, por eso se miran de frente en el mural—, la locomotora Petra, Emiliano Zapata y Francisco Villa. También están plasmados los dos maestros que financiaron el proyecto de su propio bolsillo cuando la dirección no respondió. Y están ella y su amigo.

Ese amigo ya no lo es. La amistad de cinco años terminó mal, y él sigue ahí, en la pared, para siempre. Danna lo dice sin dramatismo, como alguien que aprendió que algunas cosas no se pueden borrar y que eso también forma parte de lo que se hace.

El mural le dejó algo que los concursos no habían podido darle del todo: la experiencia de construir algo grande con otras personas. Los cuatro que trabajaron en él —ella, su amigo, el maestro y la maestra— formaron un grupito que se desviaba del mural más seguido de lo que avanzaba. Por eso tardó tanto. Y por eso también fue lo que más la marcó.

Hoy Danna trabaja en el emprendimiento de su papá, que lleva más de veinte años haciendo productos personalizados: bolsas publicitarias, playeras, tazas. Fue ella quien propuso agregar los productos de sublimación al negocio. Su papá le compró el equipo. Ella diseña, él produce. Lo que más le gusta de ese trabajo es ver la reacción del cliente cuando recoge lo que pidió y queda satisfecho. Saber que alguien valora lo que hace.

La situación económica familiar cambió sus planes hace unos meses. Quería estudiar química farmacobiólogo en Guanajuato capital. Aún no descarta la universidad, pero está buscando alternativas más cercanas, horarios que le permitan seguir trabajando. No lo dice como resignación, sino como quien ya aprendió a buscar la vuelta cuando el camino directo se cierra.

Su abuelo falleció cuando ella tenía 13 años. Seis días antes había sido su cumpleaños y él todavía estaba en casa. Ella asumió que le podría dar las gracias después. No hubo después. Eso le dejó algo que carga desde entonces: no dar por hecho que las personas van a seguir estando.

Si algo quiere transmitir con su historia es que el arte merece ser tomado en serio. Que a muchos jóvenes les dicen que sus dibujos son simples dibujitos, que eso no los va a llevar a ningún lado. Que la carrera de arte se ve como una ridiculez. Danna ganó tres concursos, pintó un mural de seis metros y construyó un emprendimiento con su talento antes de cumplir 18 años. Todo empezó por atreverse a mostrar lo que hacía.

A la Danna de la primaria, la que guardaba sus dibujos para que nadie los viera, le diría que participara más, que se enfocara, que si quería ser reconocida, la disciplina era el único camino. Hoy ya lo sabe. Y sigue dibujando.